Tras mis largas estancias de estudio en China, Japón y otros lugares emblemáticos en el mundo del desarrollo del conocimiento y la teología me prometí a mi mismo visitar con calma un nuevo centro cultural histórico, Egypto.
Son muchos ya los años investigando en el campo de la antropología, historia y religión para entender el desarrollo de nuestra actual cultura. Cuanto más te adentras en este poco explorado campo, más te alejas de los programas de estudio de las grandes universidades de todo el mundo.
De nuestro occidente y la arrogante Edad Media Europea, que encarcelaba a sabios como Leonardo da Vinci y quemaba a místicos o visionarios como Santa Teresa, inevitablemente llegas, sin cuestionar la necesidad de ello, a oriente, de donde procede su cultura. Persia, India, China, etc. Marco Polo fue uno de tantos que siguió la estela de la ruta comercial, puerta de todo intercambio. China, con una cultura ancestral, parecía la cuna de muchos de los grandes logros de la humanidad, y sin embargo……
Sin embargo, el gran desconocido, Egipto, con sus colosales monumentos y decoraciones simples, casi inocentes, grabadas bajo o sobre piedra, que han permanecido indescifrables durante cientos de años, ha permanecido oculto durante mucho tiempo. Sin embargo, hoy podemos decir que ha abierto sus puertas. Investigadores y buscadores ávidos de conocimiento de todo el mundo entramos con mucho gusto.
TERCER OBJETIVO
El tercer objetivo ha sido poder dedicarme tiempo de meditación, como han hecho muchos de los más grandes profetas y maestros de la historia. Vivir, respirar y sentir el silencio de la inmensidad del desierto.
Alcancé como maestro algunos de los logros o retos más altos a los que se puede aspirar en Chi Kung, Meditación, control de mi organismo y de mi mente. Tras más de 30 años de práctica y 17 como monje. Tras decenas de conferencias, cursos, seminarios y charlas dadas. Tras decenas de demostraciones realizadas en distintos países, tras ver cientos ya de rostros que me escuchan, aprenden y se maravillan con la enseñanza, entendí por qué profetas y maestros como Buda, Tamo, Jesús de Nazaret, Mahoma o Moisés sintieron la necesidad de ir al desierto, al encuentro de nuevo de uno mismo. Dejando atrás sus escuelas, alumnos, casa o discípulos, para iniciar un, quizás, último viaje.
Han sido varios los desiertos que he pisado, alejados 300 o 400 kilómetros de las urbes y del fresco Nilo. He podido estar, en cegadores desiertos Blancos y preciosos desiertos Rojos, Altas cumbres de roca desgajada por la dureza del clima del desierto. Montañas como cuchillos, aparentemente inhóspitas, que invitan al invasor a no subir, a no habitar, a no anidar allí. Una tierra que, ya solo por su dureza, te hace madurar, te hace reflexionar. Te hace sentir cada poro de tu piel, cada gramo de alimento ingerido, cada gota de agua tomada o transpirada. Cada paso que das, y cada decisión que tomas, se hace profundamente consecuente.